lunes, 11 de julio de 2011

Guachimán Truchimán - Parte IV


En un principio, jamás entendí cómo fue que me empezó a costar tanto todo esto, lo de la escritura, lo de la palabra. No tenía yo ni la más mínima idea de por qué, de un día para otro, debía aplicar fuerzas inconmensurables para desplazar una frase sobre la siguiente antes de fijarla en los cantos de un párrafo. Los argumentos, las anécdotas que luchaba por conservar dentro de la página venían sin gancho y resbalaban y caían, las muy entecas, los muy escuálidos.  Por eso, en vez exordios, paralogismos y frases subordinadas con furtiva elocuencia, terminé confabulando grandes éxodos de criaturas mutiladas, casi como si intentara describir a base de amputaciones esas diminutas manivelas que controlan la artillería pesada escondida dentro de la máquina de tortura atascada poco antes de volver a los penaltys del partido de fútbol cuyo resultado serviría para determinar la suerte de una señora plagiada por un par de funcionarios públicos con déficit de atención. Mierda, es que no sólo debía partirme el lomo para balbucear algo a través del teclado, sino que, para más colmo, debía arrastrar cuesta arriba toda aquel macundalero de sujetos y predicados, justo hasta allí donde, ya sin aliento y de tanto boquear, finalmente se quedaban tranquilos y me facilitaban la tarea de azuzarlos, desmembrarlos, limpiarlos y volverlos a empalmar. A veces, este proceso duraba tanto y era tal la resistencia de los malditos morfemas, que en mi arrechera pegaba la cara ríspida al espacio en blanco y ponía todo mi peso sobre mis puños para exprimirme los ojos y dejar que las lágrimas arremetieran contra mis párpados empegostando con sal, sangre y lagañas las pocas oraciones que había logrado conjugar.

Pero, ¿no soy el único, verdad? Y no me refiero yo a un simple “bloqueo de escritor” o, más bien, sí, hablo de un bloqueo, de un auténtico embargo universal contra la desahuciada isla de la gran circunvolución de materia gris que tengo por cerebro, con todo y sus reminiscencias a guerra fría cortesía de sus dos impávidos hemisferios. Sí, el escritor me está bloqueando, me ésta jugando sucio en su piadosa ambición por cumplir con su rol desde el día en que, intentando construir un personaje convincente destinado a hacerse pasar por guachimán en una incómoda garita, su realidad y la mía se confundieron para siempre.

Días, semanas, meses, qué importa cuánto tiempo, la verdad es que aún no entiendo por qué caí en cuenta de cuán poco comprendí cuán difusa e insidiosa era mi afasia. Ahora todas las ideas y opiniones, incluyendo las ideas y opiniones ajenas, me esquivan, me abandonan y, peor, me tratan con suspicaz indiferencia. Según el guachimán, se trata de ejercicios de paralipsis pequeño-burguesa.  Para el personaje que habría de hacerse pasar por él, hablamos más bien de manidos anacronismos socialistas. El loco, por su parte, insiste en que estamos ante hemistiquios en vías de desarrollo disfrazados de trámites burocráticos orientados a la obtención de una beca de estudios de cine en el exterior, cuando no a falsificar la hipoteca de una vivienda fantasma. En cualquier caso, tal y como insiste el escritor, todos convienen en que tampoco estas ideas y proposiciones, sea cual fuere su naturaleza, merecen atravesar el espacio en blanco como si ya fuesen un enunciado; un enunciado que, no hay razón para ocultarlo, sólo anhela mejorar su calidad de vida.

jueves, 2 de junio de 2011

Guachimán Truchimán - Parte III


Recuerda, todos los puntos de control son ambulantes, o sea, cualquier cosa puede ser un punto de control.  Una baranda. Un afiche en la oficina. Una grúa desvencijada. Una farmacia. Un túnel a medio terminar. Una bolsa plástica. Un pote de pega. Una plancha. Un frasco. Tu libreta. Cierto mediodía. La tapa del radiador. El cesto de la ropa sucia. Hasta un texto mal escrito puede ser un punto de control. De hecho, al leer este párrafo tú mismo acabas de atravesar entre uno y quince puntos de control.

Internet. Facebook. mySpace. Blogger. Realmax. Denomianvibe. Majilidad. Usurza One; más que “poderosos instrumentos” o “innovadoras herramientas” (pase lo que pase, no te dejes distraer por las alusiones a los genitales que el furor masturbatorio de nuestra cultura digital provoca), muchos ven en los más recientes espacios de comunicación una serie de procedimientos destinados a equiparar a nuestros barrios y conjuntos residenciales con los andurriales y las filtraciones presentes en las teorías de Foucault. No en vano, Internet es en todo semejante al soñado Panóptico de Bentham; salvo, claro está, por un pequeñísimo detalle, y es que, como todo medio de comunicación, desde el tenis en cancha de arcilla a la telefonía orgánica, Internet es sólo una simple metáfora del único medio de comunicación, siendo este un medio de naturaleza, valga o no la redundancia, francamente pornográfica. 

Como bien puedes ver, o como bien se puede hacer ver, no importa dónde, cuándo ni cómo leas la presente disertación, como tampoco importa cuándo y por qué escribas tus muy peculiares elucubraciones –y no creas que por emplear al azar diferentes cámaras de video o recomponer bandas sonoras estarás a salvo-, el loco te estará observando a través del lenguaje que utilizas y, en mayor o menor medida, del lenguaje que a cada rato dejas de utilizar. Es más, a través de las anteriores palabras el loco ha empezado a discernir tu silueta, vislumbrando con nitidez los encantos de tu cuerpo conforme sus palpitantes facciones y visajes se asoman entrelíneas.

lunes, 2 de mayo de 2011

Guachimán Truchimán - Parte II

Está allí, en la boca del enunciado, haciendo quién sabe qué carajo. Está allí y está loco. Tan patológico como cualquiera de nosotros, insiste en hacerse pasar por vigilante a sabiendas de que nuestra demencia es golosa y se nutre de cuanto esfuerzo hacemos por ser normales, es decir, por confiar en los ingenuos planes de fuga que enarbolamos dentro de la desquiciada prisión cuyas paredes representan lo que sólo por error concebimos como nuestra propia existencia.

Por vigilante tenemos –y lamentamos tan escrupulosa aclaratoria-, no la definición puesta en boga gracias al inclemente mercado intelectual que se mueve en torno al cómic y sus enervantes derivados cinematográficos, sino su acepción más humilde y descarada. Dicho de otro modo, no hablamos aquí de algún sujeto enmascarado propenso a sortear dilemas éticos a punta de máquinas, mutaciones y puñetazos, sino del típico centinela a cargo de alguna de las tantas alcabalas o garitas que supuestamente protegen las mal venidas calles de nuestra ciudad; así como del advenedizo burócrata encargado de sellarte el pasaporte y la orden de entrega en un país azuzado por la falta de vivienda y la corrupción vinculada al control oficial de divisas. En resumen, por vigilante tenemos al guachimán de la esquina. Y si bien el guachimán nunca es el mismo, es en su nombre que pedimos disculpas por los accesos de rabia y color local que acaso pudiesen manchar la presente disertación.



En cuanto a los exabruptos retóricos y los baladíes circunloquios, contrario a lo esperado, consideramos que estos son inherentes a nuestra obsesión por abrirle paso a una idea que, aunque se nos antoja esencial, por los momentos también ha de permanecer desapercibida.

Entiéndase bien, cuando un desquiciado se cree vigilante, no queda sino prestarle atención, pues es ya mucha la experiencia que ha obtenido desde el día en que decidió admitir o rechazar el tránsito de determinadas personas para, en última instancia, concentrarse en evitar que ciertas ideas, entimemas, monemas, tropos, frases, oraciones, sentencias y otros babiecos desplazamientos de la lengua, se conduzcan por ahí sin su respectivo permiso.

Como todos sabemos, alguna vez el guachimán comandó una garita y muy pronto se vio forzado a depurar los mecanismos destinados a controlar determinados flujos migratorios, razón por la cual, más allá de emplear en sus lecturas cuanto recurso legal, económico o tecnológico cayera en sus manos –desde salvoconductos en miniatura y mensajitos de voz a pasaportes en carne viva-, el vigilante se dedicó a manipular las definiciones y conceptos destinados a clasificar a los sujetos en tránsito. Para ello, desde luego, el guachimán se concentró, ya no en las personas y sus bienes, sino en el lenguaje por ellas empleado; tarea no menos caprichosa, ya que exigió el traslado permanente de la alcabala como único pretexto capaz de garantizar su presencia, tanto en nuestras fronteras físicas como a lo ancho y largo de nuestras principales barreras psicológicas. A esta empresa tuvo el guachimán que inyectar enormes sumas de dinero -y no por todo lo que el dinero contribuye a lograr-, sino más bien por todo aquello que significa o, mejor dicho, por su ilimitado potencial para significar cualquier cosa.

Recuerda, todos los puntos de control son ambulantes, o sea, cualquier cosa puede ser un punto de control. Una baranda. Un afiche en la oficina. Una grúa desvencijada. Una farmacia. Un túnel a medio terminar. Una bolsa plástica. Un pote de pega. Una plancha. Un frasco. Tu libreta. Cierto mediodía. La tapa del radiador. El cesto de la ropa sucia. Hasta un texto mal escrito puede ser un punto de control. De hecho, al leer este párrafo tú acabas de atravesar entre uno y quince puntos de control.

miércoles, 30 de marzo de 2011

Guachimán Truchimán - Parte I

Sé que allá afuera alguien miraba hacia acá, pero no estoy seguro de si quien miraba hacia acá y quien escribía eran exactamente la misma persona. También es posible que afuera no hubiera nadie sino que todo fuese producto de una vieja conversación; una conversación que se desparramaba allá afuera en torno a alguien que escribía, por supuesto.

Palabras más, palabras menos, si había palabras de por medio también se relataban acontecimientos y se empleaban figuras retóricas, una, tal vez dos o tres y con ellas, alguna clase de paisaje y su correspondiente multitud de enunciados. Lo cierto es que, no entiendo cómo yo, que me preocupaba tanto por contemplarme en todo cuanto anotaba y que había aprendido finalmente a prestar atención a cuanto dejaba de hacer mientras leía, jamás caí en cuenta de los cambios en los matices que sílaba por sílaba las más disímiles ideas me procuraban a lo ancho y largo de aquellos años que pasaron como techos desconchados y persistentes. Luego vino este maldito calor.

miércoles, 10 de noviembre de 2010

La fábrica de expropiación


se me ha ido en esto
tal vez la vida entera
en escribir la plegaria
del centro comercial

la luminosidad sencilla, tajante
de las tiendas a medio llenar
la tarea bruta y diáfana que implica registrar
metálicos susurros y facturas
de códigos arborescentes y destinos
pintados sobre innumerables cajas

cajas de cereal
cajas copadas de plástico gris
cajas de herramientas
cajas con amenas tarjetas de invitación y papel de seda

cajas de raviolis para descongelar
cajas de pelo
cajas bulbiformes llenas de vasos diletantes

cajas de musculosas arepas sudadas y camisetas deportivas
cajas de furor, esbeltas cajas de nudillos y utopías
cajas estúpidas

diminutos y coloridos bloques de conversación adecuadamente distribuidos
en renuentes y modestas concentraciones sociales de pudor y desenfreno

holgura, traición, hastío, agonía, indiferencia, soberbia, depresión, vicio
sugerentes y apacibles desvíos agrupados en lecturas y mutaciones trilladas

horrores, paquetes turísticos e imprevistos suministrados a tiempo y en cadena,
dislates, hipertensiones, obesidades,  neologismos y anorexias digitales

deleites, traumas y candelas, revoluciones, fallas de origen y trayectorias
sea lo que fuere ten por seguro que alguien ya las compró al por mayor

si es que de ellas no se adueñó el presente estado

martes, 5 de octubre de 2010

Penélope atragantada, o how Bored-is-Karl-Orff?



Para Mikhail Jacksonofabitch y en General


Bailando la versión en meneaito de Carmina Burana, medio ebria y cual la propia trasvesti, Penélope sorbe otro Manhattan e intenta olvidar la inconsútil trama que –desde que el doctor dijera “Está vivo, está vivo”– le obliga a desovillar al monstruo para coserlo de nuevo en su sitio.




Como bien pueden imaginar, mantener juntos los miembros adnatos y las partes automotrices robadas requiere de mucho tacto y guante de seda a la hora de romper lazos y atar cabos sueltos. No menos gracia hace falta, a su vez, al momento de darle cuerda a cuanta teoría de física subatómica se cuela entre los filamentos de ácido desoxirribonucleico que empleamos para amarrar las riendas de la bestia.  Y que Dios nos guarde de permitir que los brazos, piernas, afiches, calcomanías y células hepáticas del monstruo duerman juntas, pues estas pertenecen a seres que no han de compartir sueños, duermevelas y padecimientos. Si las ilusiones noctámbulas de los hombros, frentes, orejas y fémures se cruzan entre sí, las consecuencias no necesariamente resultarán tan obvias como catastróficas. Fragmentos de esperanza, desarticuladas esquirlas del ensueño, diminutos pedacitos de memoria, migajas y expectativas que debieron podrirse y desaparecer;  si estaban hechas o no para chocar y fusionarse, quién sabe; lo cierto es que la muy bestia es la razón que las une y la máquina que las mantiene aparte. “Y es que, de haberse confundido, tal vez aquellos delirios resultarían hoy por hoy irreconocibles”, piensa Penélope, adolorida, fatigada, cansada ya de mirar a través de la cerradura hacia el comedor plagado de pretendientes disfrazados de dobles de Elvis Presley totalitariamente dispuestos a ignorar al verdadero rey.




“Está vivo, está vivo”, una vez más Penélope recuerda los aullidos del doctor y aquellos furibundos relámpagos que, además de soldar al monstruo en alma y cuerpo, quemaron todos y cada uno de los bombillos de Las Vegas. Sí, en efecto, ya llegará el momento. Al mediodía, Leopold Bloom regresará a través de una caminata lunar para que a tus ojos James Joyce suplante al sujeto que hará de Boris Karloff poco antes de que su caracterización de Michael Jackson le produzca un paro cardíaco. Total, la culpa siempre será del doctor y pronto no habrá necesidad de mayores excusas. En el palacio, el Rey will  love me tender en tanto sus dobles responderán con  Suspicious Minds para que todos nos sumemos al coro de lo más redundantes y desgañitados repitiendo que we´re caught in a trap, ora con acento mexicano, ora rodando las vocales cual distraídos mayameros -I can´t walk out-, como si cada estrofa nos cautivara con sus hemistiquios doblados cual barrotes de prisión. Because I love you too much baby.  En cuanto al monstruo, una vez que los clones de Elvis suplanten a sus imitadores, acaso lo usaremos de cubrecama, tal y como lo ordenó Penélope antes de perder el hilo del argumento que la cosió a tu falda, querida mía, deletérea criatura, retallón infernal.

jueves, 8 de julio de 2010

//


descarriada y absurda apertura
de un ser inconsistente y caduco

soledad
que no debió crecer tan rápido
al menos no así
como de repente