jueves, 8 de abril de 2010

Ávila crónica y postal - 1





aún no se mueve, a pesar de que parece un cuerpo. Por los momentos, de cara a mi posición actual, es todo lo que puedo decir. No sé exactamente qué mirar, ni si se trata de una cosa, una señal, un incidente que está a punto de ocurrir o, tal vez, que espera por ser recordado. Acaso cuando se mueva, sabré si puede sorprenderme la nostalgia y si tiene sentido alguno sobrevivir. Mientras tanto, su forma y el Ávila coinciden a la perfección.

jueves, 21 de enero de 2010

Sobre la circulación de las ruinas - Parte V (2012)

Hace calor.  Las elevadas temperaturas doblan las bandas sonoras que acompañan esta sensación de hallarnos completamente detenidos y de que, por más que intentemos desplazarnos, el único efecto visible lo producirá una desleída tropa de seres pomposamente vestidos saliendo del complejo arqueológico hacia esa enigmática criatura que hemos dado por llamar autobús. El guía bilingüe sonríe. La serpiente de lengua bífida también ha logrado conservarse inmaculada. Poco antes de ascender por la escalinata hacia el asiento mullido por el letárgico esfuerzo del aire especialmente acondicionado, me dan ganas de volver a la cima de la pirámide para comprobar cuán cierta era la idea de que todos y cada uno de nuestros pensamientos sobre Chichén-Itzá nos esperaban en la cúspide tan sólo para que los abandonáramos y les permitiéramos añadirse sin más a los regios detalles de la arquitectura prehispánica, a los potes de basura de aluminio donde dejamos caer los palitos de helado y, desde luego, a la cámara sagrada del hombre del asiento de al lado. Clic. Se dispara el flash. Alguien destapa una botella de agua sucinta y mineral. Los frenos chirrían y veo a lo lejos mis pensamientos perpetuos, inútiles y tallados en el más bajo de los relieves.
    “Desde arriba, se contempla una miríada de árboles cuya altura es insoportablemente uniforme, de tal manera que, a la llanura de la península, se suma una planicie conformada por densos follajes que, como en una horrenda y emplumada progresión, se agregan abigarrados a la sobria extensión del cielo, contrapuesta con soltura al suelo cuya falta de relieve probablemente sirva para ocultar un espacio de ilimitados restos arqueológicos diseñados con miras a configurar una llanura de aguas subterráneas capaces de servir con su lecho a millares de muertos deseosos de extraviar sus rasgos en las informes pampas submarinas y, sobre todo, en la abrumadora acumulación de sedimentos del mismo material pero de contextura variable, de la cual sin embargo, tal vez por nuestra culpa, querrán en ocasiones escapar constantemente forzándola a las más disímiles apariencias. Y es a esto a lo que llamamos nostalgia del progreso. Enterrados en lo alto de la pirámide, ¿cómo carajo nacieron las ciudades sino fue a través de un truco de perspectiva? El tramado de cabuyas usado para cuadricular un terreno y desenterrar el pasado es idéntico al que un tal Durero empleó para transfigurar un desnudo en superficie. Como vemos, se trata siempre y en cualquier caso de fabricar la ilusión del acontecimiento. Lo que se agita en el fondo le resbala al cielo. Nos hundimos en lo que pasa de largo tallado en la piedra que nos acompaña a todas partes”.
    Acodado en lo hondo de mi asiento, repito exactamente esta última frase antes de volver a tomar nota sobre el modo en que la escribí en mi cuaderno sabiendo de antemano que ni siquiera la consciencia de la reiteración podrá salvarme de Chichén-Itzá. A los pocos días un imitador del pibe-Nietzs-ché replicará la idea del Eterno Retorno y yo me creeré en Ciudad de México.
     “Allí, una mega-metrópolis se iza perforando delicadamente las aberturas que le permiten a una ciudad moderna construirse encima de un enclave colonial cuyas catedrales y edificaciones se levantan sobre los templos y estructuras de una civilización antigua desplegada en el espacio enterrado bajo el celaje reflejado por una laguna cuya insistente desaparición encubre ese reino de los muertos al cual es preferible llegar sin perder el estatus que se tiene  en vida de tal manera que el más allá, ese taimado proyecto de continuidad, ese son de arpa grande y ranchera desgañitada, no sea más que un acto de mala fe por el cual mañana también nosotros nos encontraremos escarbando en las distintas capas del abismo hasta hacerlas desaparecer por completo, cosa imposible por cierto, al menos en  Ciudad de México pues, tan pronto como se delatan o planifican los distintos auges y caídas del catolicismo, el capitalismo, el monopartidismo panteísta y la anarquía –rememorando uno y otro sin cesar a través de los murales comunistas de una soberbia población llamada Diego Rivera-, el cielo se viene abajo cubriéndonos con una densa pátina de smog de tal manera que cada vez se hace más difícil suponer que el mismísimo infinito no es de humana invención. Si toda ciudad, a fin de cuentas, es el intento por representar el umbral en que arqueología y progreso se desdibujan al unísono, Ciudad de México ejemplifica la imposibilidad de actuar sin levantar más polvo del que realmente se puede respirar. Cada vez que hablamos, lo hacemos como cadáveres en marcha.
A mí, por ejemplo, se me antoja que México-de-efe es una conspiración y un modo de ocultar a los ojos de dios, de la opinión pública y de los vanidosos reporteros de vanguardia, la creación, puertas adentro, de una nueva ciudad. Hablamos de una capital completa, urbanizada por vagos recuerdos y memorias en ruinas sobre sitios arqueológicos,  circunscrita al insípido y caricaturesco tremolar de un Bocho o dividida por museos que jamás abrirán sus puertas, cuando no diagramada entre las páginas desordenadas de un proyecto editorial inconcluso. Y es menester hacerse digno de ella, es decir, dejarse enterrar vivo por los tarantines que jamás llegaron al zócalo pensando que  ya ese lugar agotó su porción de pecado, nuevo y original, lléveselo ahora, nuevo y original con servicio incorporado, rezarán en ella los vendedores ambulantes de teléfonos móviles que me harán perder el hilo el día de hoy¨
Sumergido en el fondo de mi asiento y nunca más en otro lugar, imagino que repito las frases que escribiré y luego repetiré en voz alta cuando me crea en Ciudad de México con la única intención de pasar un buen rato con mi esposa y tal vez, quién sabe, llamar a mi madrina para preguntarle entre escupitajos: ¿Dónde es que realmente se alza el Popocatepetl?, a lo que ella, con toda seguridad responderá, pues lo ha dicho ya innumerables veces: más allá de la campana al vacío de esta mierda inconmensurable ¿¡pinche cabrón hijo de la gran puta, a qué viene tamaña pregunta!?
    En el 2012, según el calendario Maya, se agotarán los días capaces de ser calculados con antelación, es decir, los días destinados a la repetición. La observación no es antojadiza. Sabemos, cuando mucho, que el futuro desapareció hace ya millones de años. Acaso el presente sobrevivió al cataclismo. Así, mientras el vehículo que se hace pasar por autobús de lujo penetra la llanura, cierro el cuaderno un millón de veces para, aunque sea por un rato, meditar en aquel indio no tan Fernández que se creyó escritor argentino en su afán por montarse en una motocicleta, hecho del cual no salió muy bien parado pero sí con razones suficientes como para olvidar tales entelequias y levantarse al día siguiente deseoso de cargar su costal de maíz hacia los linderos de la leyenda de la foto de la reseña histórica publicada en la página 4 del catálogo de 1999 del Museo Nacional de Antropología, donde claramente dice que: “es justamente aquí donde los súbditos irán a rendirle tributo al emperador”. 
Estas palabras, atravesadas por los rayos albicelestes del Cortázar, tal vez permitan al muy anónimo indio multiplicar su vida lo suficiente como para ganar un mínimo de espesor entre las capas que componen la identidad mexicana y así sobrevivir a un par de minutos, millones de habitantes y quién sabe cuántas páginas web alrededor del planeta. Y es que si no fuera por la distancia entre el catálogo mal impreso y el archi mentado relato argentino, el indio no tendría otro espacio que recorrer, pues su vida depende de la cantidad de veces que se repita este trayecto antes del próximo punto final.

lunes, 18 de enero de 2010

Sobre la Circulación de las Ruinas - Parte IV

Al hombre a mi lado le tiembla el pulso cuando apunta su cámara hacia la galería de las mil columnas. De la cámara salía el dios, vestido de plumas de quetzal, de brazos abiertos y bamboleando su sexo ante las masas aborígenes. A través de la cámara brotan las imágenes que aún hoy se usan en el tríptico orientado a seducir a multitudes de turistas con el cómodo ascenso al punto más alto de la civilización mesoamericana. Y a la cámara mandan también a las sensuales modelos de última generación y a cualquier insurgente no importa si este sea o no radical conservador, libre pensante acomodaticio o pseudo-revolucionario plenipotenciario ¡Venga a Chichén-Itzá! Así reza el pírrico spot publicitario, como si ya no estuviésemos allí y por doquier. Y como si no fuéramos a reproducir el sitio arqueológico en todas partes.

martes, 24 de noviembre de 2009

Sobre la Circulación de las Ruinas - Parte III

Sí, es cierto, Chichén-Itzá se hunde como Venecia bajo el peso de nuestros pasos y miradas. A nuestras pupilas dilatadas cual cenotes  le deben los pobladores mayas su país de los muertos. Tal vez las órbitas de los guerreros y las calaveras,  a lo mejor el dios de la lluvia y el del sacrificio, fueron tallados con un propósito que escapaba a su propia finalidad. Los jeroglíficos, las curvas del observatorio de El Caracol o las sombras del Templo de los Guerreros están allí con el objetivo de mirarnos pasar pensando en qué carajo fue lo que pasó. Todo edificio, a fin de cuentas, es una estrategia para ocultar esa redundancia que es la vida. La venganza del tiempo es lenta, y aún más confusa que la eternidad.

jueves, 29 de octubre de 2009

Sobre la circulación de las ruinas - Parte II

El guía bilingüe aplaude. Al reiterarse el día de hoy, con sus dioses relegados a la nostalgia, seguiremos de largo bajo el sol y dejaremos atrás las molestias climáticas, los aranceles hoteleros, la nube de mosquitos y todo aquello que sabrá sustituir a las máscaras y a las reliquias hundidas en la península de Yucatán. Nuestro morbo por las antigüedades nos llevará al mismo punto que a Edward Herbert Thompson, explorador que prácticamente se adueñó de Chichén Itzá y dragó sus cenotes. En otras palabras -cuando no en estas mismas-, en algún momento constataremos que si algo perdura es el sudor, pues es en el sudor que se nos va el alma al cielo mientras nuestros cuerpos yacen en el olvido dándole vueltas al calendario como un Siddhartha perdido en Cancún. Igual de eternas por contraste serán las postales en la basura, las sacudidas de mano y el delirio de confiar en que hemos dejado atrás la deliciosa violencia de nuestros antepasados, las acrobacias y remordimientos del creyente, el vestuario de los imperios y las maromas del escéptico. El guía bilingüe aplaude.

Reunidos en montones dispersos los visitantes escuchan atentos, miran de soslayo al hombre encargado de orientarlos a través de las figuras talladas sobre la piedra. Calaveras y plumajes y cuerpos descuartizados, mezclados y ordenados en partituras ya ilegibles –cuando no traducidas sin cesar por corrientes más advenedizas que la historia-,  amenazan con saltar de golpe de sus frisos y dinteles para desaparecer, o quizá acechar en todos y cada uno de los fallos de nuestra conciencia.

El guía bilingüe aplaude. El guía bilingüe explica. Vuelve a aplaudir. Según él, si la intrincada maniobra del aplauso se realiza de manera correcta y en el sitio exacto frente a la gran pirámide de Kukulcan, el sonido que regresará desde la cámara sagrada en el tope de la estructura se parecerá a un graznido. En sus palabras, este efecto fue preparado por los arquitectos mayas para conferir al gobernante mayores recursos a la hora de hacerse pasar por una criatura sobrenatural. A mí me parece aún más noble la idea de que esa especie de Dolby-surround primitivo no haya sido ingeniado para vestir a un emperador, sino para darle pretextos, salario y aliento a un guía turístico de un futuro álgido y remoto. Así, mientras el resto de su argumentación se pierde en la marisma de aplausos, (cuyas ondas sonoras se propagan y rebotan contra la escalinatas para deslizarse entre frecuencias y desniveles cuesta arriba al ras de las cabezas de serpiente hacia las aristas de la cámara secreta donde brincarán de un lado a otro entre las jambas de los umbrales cuya superficie vibrará para colmar el aire con los susodichos graznidos, multiplicados esta vez por el afán y la ingenuidad  de una nueva caterva de mortales indolentes, aburridos y mezquinos), el guía avanza y yo lo sigo de cerca como auscultando los pormenores de su pensamiento. Bastaría que alguien, víctima tal vez de alguna condición histérica, se atreviese a anticipar la sombría y estilizada musculatura del ansiado demiurgo que habría de aparecer entre efectos sonoros, para descubrir que las pirámides fueron diseñadas con la finalidad de hacer evidente cuán alta puede llegar a ser una gran decepción. La expectativa pura molesta, simplemente molesta. Es esto lo que probablemente medita el guía, lo sé yo que me he repetido ya no sé cuántas veces en el calendario Maya a sabiendas de que acto seguido el muy regordete seguirá de largo hacia la cancha de bolos diciendo “¡hay más de 3.000. de estos patios de juego en todo México!”.

De cuando en cuando, un turista voltea y aplaude con disimulo, pero ni el dios ni su ausencia responden como es debido. No hay pájaro ni culebrón con boa y falda de terciopelo ordenando a las masas a cultivar el maíz mientras los 91 peldaños de las cuatro vertientes suman los 364 días del año antes de trazar la sombra zoomórfica en la memoria de los equinoccios, sino un grupo de chicos obesos peleándose por una cámara de video al borde de la cámara sagrada, la cual sólo se molesta en registrar el paso del aire caliente y las bocanadas de asfixia que la gente empuja hacia el cielo.

Camino al patio de pelotas empiezan las conversaciones en torno a las increíbles diferencias entre una raza y otra, así como entre una antigüedad y su parentela. El guía y sus turistas analizan la posibilidad de motivos y propósitos enterrados para siempre,  discuten azares, calculan infortunios y, cual desproporcionadas máquinas de braile, acarician hasta las más descabelladas hipótesis sobre qué fue exactamente lo que permitió esta prolija civilización. Algunos apuntan hacia todo un catálogo de causas y despilfarran cuanto recurso narrativo sobrevive a su paupérrima educación para que, no importa cuán repetitivas y manidas sean sus elucubraciones, estas comiencen y cierren con el aroma de lo insólito. El guía, ante un muro que detalla a dos grupos de guerreros enconados y furibundos, así como a un pobre jugador decapitado, trata de establecer un paralelismo entre los antiguos juegos Maya, la muerte y resurrección de Cristo y el fútbol Charro.
         —Así como no más nosotros decimos hoy en día en un partido, digamos, del Rayos de Nexaca contra los Santos de Laguna, que hombre, un equipo le cayó a palos a otro, o en más todavía, que a los Pumas de la UNAM los descuartizaron, o el resultado fue fatal, de la misma forma aquí está, entonces, no es que los mayas fuesen unos cuates sangrientos y crueles, tan sólo es como si dijeran, hubo un partido y miren, uno de los equipos sufrió una funesta derrota y así no más lo volvieron trizas.

Las cabezas de los turistas se inclinan, unas hacia la izquierda para detallar el bajo relieve del jugador decapitado, otras hacia la derecha tratando de imaginar cómo son los uniformes de los actuales Santos, Rayos, Pumas y Lagunas. Al patio de pelotas se suma una nueva pátina de sonrisas. El guía bilingüe repite exactamente la misma sentencia en inglés y luego continúa con su exposición en español:
-Además, para nosotros los católicos en misa, ni se diga, ahí matamos a Dios todos los fines de semana.

Sólo entonces me aturde la patética idea de que esta misma conversación, con otros giros, y que todas aquellas consideraciones, comparaciones, discusiones y apuntes; descartados, reanimados, reinventados en el camino hacia la cancha; tuvieron ya lugar hace más de quince mil años, mucho antes de que la ciudad Maya se hiciera espacio, así como hace más de quinientos, en boca de los sacerdotes y en los chismes de los jugadores disfrazados de dioses que, igual que nosotros, se dirigían al gran evento -cuya grandeza y realidad consistía en que jamás ocurría- , así como hace poco menos de un siglo, cuando una enamoradiza periodista llamada Alma Reed quiso enfrentarse a Thompson y sus secuaces calificándolos de saqueadores de lo que, mucho antes de que se construyera, estaba condenado a ser un prospecto arqueológico. Por no hablar de esta mañana, cuando el guía le dio la bienvenida al primer grupo de turistas que desapareció en el pasado.

En cualquier caso, si los antiguos sacerdotes se ofendieron o no con el atrevimiento de los modernos arqueólogos y las intrigas de palacio de los modestos occidentales en busca de intensidad en la península de Yucatán es algo que, por los momentos, habrá que constatar luego de que comiencen las próximas excavaciones. De lo que no cabe duda es que, mientras la ciudad contenía el apogeo de una especie, o se veía abandonada repentinamente por los cambios climáticos que desarticulaban los efectos especiales de sus líderes, ya para cuando las complejidades y los propósitos, el tributo y la gloria se reducían al sinsentido, al espacio en que hoy se levantan los templos de Chichén Itzá lo había saqueado el destino. Pues si bien sus habitantes jamás llegaron a conocernos, aquí estamos, infiriendo con exactitud sus gestos y pensamientos. Los monstruos tallados contra el granito, los dioses y sus peripecias, las pirámides que se levantan una sobre otra envolviéndose como órganos inflamados o cultivos bacteriológicos, los distintos personajes que, cual títeres en un orfanato, se enredan entre sí a lo ancho y largo de su enrevesado camino hacia el mundo de los muertos, no son extraños, o más bien, son completamente extraños: somos nosotros.

martes, 20 de octubre de 2009

Sobre la circulación de las ruinas - Parte I

Las piedras supuran dóciles y cuesta distinguir los espasmos, esos vestigios, las frentes chatas talladas en alto relieve. Abundan las confusiones, y los turistas. Las pocas imágenes que sostuvieron los resuellos de una raza se desintegran, ya no por el paso del tiempo, ni por las facultades de la historia -el flujo de visitantes y las fuentes de financiamiento mal que bien se han mantenido intactas-, sino por los ojos que abusan de su privilegio apilados detrás de las cámaras, y también por el insoportable calor que aplasta a cualquier otro intento de hacer memoria.

Pronto Chichén-Itzá, igual que las catedrales y el mar,  alcanzará su destino, es decir, la compraremos en el próximo souvenir, sea este una miniatura de un Museo del Prado o un cuaderno con un par de líneas de Nazca. Pero antes, antes subiremos por la pendiente de la cámara interior del templo de Kukulkan, de cuclillas, en grupos no mayores de quince a través de un tenebroso pasillo, apretando las fosas nasales para evadir el tufo que baña la escalinata de humores internacionales y comentarios de asco. Al final y sólo por un minuto habremos visto al jaguar, la efigie de los sacrificios, dejándonos cautivar ya no por el jade -y las “máculas pintorescas finamente labradas”-, sino por todo aquello que somos capaces de soportar a la hora de confirmar la existencia de algún prodigio. De regreso a casa hablaremos de los jeroglíficos sólo con ciertos allegados, al resto acaso le revelaremos los pormenores de aquella cósmica mescolanza de sudores. Por los momentos, no obstante, el guía bilingüe aplaude. Mil años más tarde, o quizá tan sólo dos, justo cuando los discos del calendario Maya se entronicen y vuelva a repetirse exactamente el mismo día de hoy, es probable que tú y yo sigamos juntos a través de estos párrafos toscos y retorcidos.

lunes, 21 de septiembre de 2009

En las ruinas del llanto

Yo no soy, la vereda que se desanda en los charcos
menos que un pantano agreste y sinuoso logro desplazarme

no poseo atributos ni cualidades que algún día deba poner a prueba,
acaso a mi cuerpo lo empalman aquellos defectos
cuya persistencia me permite contraerme, distendido
respirando a través de una larga serie de inútiles muecas.


Si me orillé en ti, lo hice porque estaba al tanto de todo cuanto no podía ser
siquiera a tu lado, mientras hablaba y desovillaba entre hilos de saliva
aquel ruido monótono y ansioso, ese al cual un día me subí de golpe
por miedo a imaginar cómo podían inundarme las pequeñas ausencias.


De las tareas jamás emprendidas, ni siquiera queda aceptar la zozobra,
mi desmesura le pertenece a todos aquellos en quien me arrepiento

por eso te pido que no te arrodilles, conserva en ti esa altura, nítida
y casi astringente. Diestra en la esperanza, así como eres, permanece
más allá del llanto que me procuro para seguir flotando en vano
entre motas y períodos de vacío y otros refugios, aquí entre líneas.